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De origen español, también, pues no otra cosa que rodeo es la. fiesta primaveral del «curro» o «rapa das bestas» que desde tiempo inmemorial se desarrolla en· Oya, La Estrada, Bayona y otras localidades pontevedresas y consiste en localizar las manadas que viven salvajes en el monte, conducidas al «curro» o encierro frente al atrio de la iglesia y cabalgar a pelo a los animales -todos a untiempo-, reducidos, derribados para el esquileo, el herrad era de las crlas y selección de potros para la venta y, al tercerdfa, la suelta hasta los linderos del monte.
Parte integrante de las tradiciones mexicanas desde hace siglos y, más recientemente, de las de Estados Unidos, la historia del rodeo es en realidad de origen español. En efecto, no hubiera podido existir sin los conquistadores de Cortés quienes, al invadir México en 1519, introdujeron en el país un animal totalmente desaparecido desde los tiempos prehistóricos: el caballo.
Los dieciséis caballos de Cortés procedían de Galicia. Algunos escaparon durante los combates de la Nueva España en que fueron derrotados los españoles, y dieron origen a las famosas razas de caballos cimarrones llamados «mesteños» en México, «mustangs» en los Estados Unidos, «wildies» en Canadá y «criollos» en América del Sur.
No pocos de esos caballos siguen viviendo en estado salvaje, particularmente en Nevada, en el Wyoming (protegidos por el ministerio norteamericano del Interior) y en Alberta, Canadá.
La Federación nacional de charros de México agrupa el conjunto de asociacio· nes locales. Organiza y sanciona los «jaripeos» (competiciones) entre esas entidades, para mantener las tradiciones de la charrería. Cada asociación posee su rancho, debidamente dispuesto para el entrenamiento en las diversas especialidades de este deporte nacional. Por lo general estas competiciones se efectúan en un redondel, al que viene a dar una pista-pasillo que permite la práctica de la «coleada». En los fines de semana. durante los festejos organizados por la, asociaciones, el ejercicio del dificil v riguroso deporte de los charros suele acompañarse con bailes y cantos populares.
Así es el espectáculo de una charrería: los caballistas 1 trajes de colores que aturden de tan vivos, tejidos con hilos de plata, refulgentes de chapas de plata con motivos simbólicos; en Itas, las suntuosas nazarenas de plata o grandes espuelas lloronas. ata también, los motivos decorativos de la montura y la hebilla cinturón. La funda de su pistola de cachas de marfil o de plata ada está trabajada finamente, lo mismo que el machete que cuela la silla. Y no olvidemos el famoso sombrero de anchas alas y alta
que en lVléxico llaman alacranado.
La indumentaria de las mujeres rivaliza en elegancia y refinamiento un traje charro. Cabalgan todas a lo amazona, y a veces a la grupa, el jinete que paulatinamente las envuelve en las espirales de su lazo. riqueza de su traje es la constante preocupación y el orgullo. Muy ajustado al cuerpo, le confiere un aire un tanto atildado, , y en todo caso no le permite el menor abandono. Se hace dificil sé por experiencia) trabajar con semejante indumentaria, que en
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