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Caballo de rejoneo

 

El toreo a caballo, en el que participaba la nobleza española, tiene su origen, a partir del siglo XIV, en las grandes fiestas reales, con intervención de jinetes armados de una lanza. El propio Carlos V, caballero en plaza, lidió una res durante los (estejos populares organizados en Valladolid el año 1527 para celebrar el nacimiento de su hijo, el futuro Felipe H.
El toreo a pie comenzó bastante más tarde en España, en el siglo XVIII, y a medida que fue adquiriendo importancia decreció la del toreo a caballo, aunque las necesidades del trabajo le hayan mantenido de una forma elemental (el acoso y derribo con garrocha) en las ganaderías de toros de lidia.

En 1921, don Antonio Cañero, maestro de un arte ecuestre basado en la escuela andaluza y practicado en el campo, se lanza a torear a caballo en las plazas. El viejo y dificil juego cobra nuevo interés. La lanza es substituida por el rejón y el jinete que se enfrenta con el toro recibe el nombre de rejoneador.
En el conjunto de cualidades fisicas y morales que debe tener el caballo del rejoneador para hacer frente a la bestia salvaje que es el toro, des­taca el valor. La mayor parte de los caballos son medrosos por natura­leza, pero la selección se hace entre la minoría capaz de acostumbrarse al peligro. Los más valientes se afirman gracias a la confianza que les da el jinete y aprenden en seguida que el riesgo se esquiva mejor espe­rándolo que saliendo a su encuentro; los más cobardes no llegan a soportar la presencia de un animal más poderoso que ellos.

Esto no es todo: el caballo del rejoneador debe ser fuerte y armonioso, alto de cruz, ancho de pecho. Asimismo ha de tener el ojo vivo, el cuello largo y naturalmente arqueado, la grupa prolongada y poderosa

 

Por otra parte se le exige brío y buenos reflejos para seguir espontánea­mente las órdenes recibidas y sortear así las acometidas del toro. Suave y ágil de movimientos, efectúará en caso de ataque, a requerimiento del jinete, los movimientos de reacción necesarios para rebasar a la res. Su docilidad será perfecta para que, en el caso de ser golpeado o herido por el toro, no pueda exponer a su jinete a una sacudida brusca y peligrosa.

Por último, debe ser capaz de conservar en toda circunstancia la ele­gancia indispensable que contribuye a hacer del toreo a caballo la obra de arte que tanto ha entusiasmado a los más célebres escritores.

Los caballos españoles, por su morfología y su carácter, son los que poseen en más alto grado las cualidades exigidas; pero tienen un defecto: les falta velocidad. Por esto, sobre todo al comienzo de la lidia, en los momentos en que el toro acomete con mayor rapidez, se pueden emplear caballos cruzados. El cruce que hasta el presente ha dado mejores resultados es el de cinco octavos de sangre inglesa, dos de espailola y uno de árabe. También se utilizan pura sangres.

El toro es el tercer protagonista de la lidia a caballo. En el siglo XVIII, a medida que las corridas adquirieron importancia, los ganaderos se vieron en la obligación de seleccionar sus productos. Al final de la cen­turia se formaron dos árboles genealógicos de casta diferente, Vista­hermosa y Velazqueña, de donde provienen todas las ganaderías actuales.

En España, las ganaderías de toros bravos se sitúan principalmente en las regiones andaluza y salmantina. Cada una tiene sus características propias, determinadas por la naturaleza de los pastos y la ascendencia y caracteres de los sementales preferidos por los criadores.

La selección se realiza en el tentadero, según la manera de embestir al picador y al torero. A esa misma prueba son sometidas las vacas, las posibles madres de toros de casta, a la edad de dos años, para juzgar de su bravura y su nobleza.

 

 

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