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Llegado al término de una larga dedicación de jinete que me habrá valido practicar todas las disciplinas que pueda ofrecer la equitación, me atrevo a afirmar que las alegrías más puras, y en todo caso las más intensas, las he tenido en el capítulo de las carreras.
Para el jinete, así sea Jockey o gentleman-rider, es algo que no ofrece duda. Nada hay más apasionante que montar bien en un recorrido, liso o con obstáculos. Nada exalta tanto como la lucha victoriosa en un finish reñido.
Lo mismo se diga respecto del propietario y del entrenador. No en vano el éxito en una carrera es el resultado de la acción conjunta, y a menudo harto prolongada, de tres elementos:
* el propietario que, si lo es de una yeguada, orienta la cría, hace en todo caso la elección en las compras, designa los ejemplares que someterá a entrenamiento, suele dar al entrenador su parecer en punto al trabajo y las exhibiciones y proporciona los medios financieros necesarios;
* el entrenador que, para poner en el hipódromo un caballo fit and well, lucha a diario contra las mil posibles asechanzas: piernas frágiles, malos pies, inapetencia, intestinos delicados, taras nacientes, carácter dificil, nerviosismo excesivo, pereza, epidemias, trastornos cardíacos o respiratorios, accidentes de todas clases, y más que pongan;
* el jockey, que si domina su oficio, con la experiencia necesaria para montar debidamente, ha sido a base de una formación que exige considerables dosis de energía, voluntad, valor fisico y moral, sobre todo durante el aprendizaje.
Es pues normal que, el día del triunfo, la más honda alegría se adueñe de cada uno de esos escalones. En contados minutos se sienten recompensados, moral y fisicamente, de tantos esfuerzos y sacrificios, prodigados a veces durante largos períodos. No ha de extrañar que tales instantes sean maravillosos.
nLa prueba pública, en que el jinete desempeña un papel capital, viene a ser la sanción del entrenamiento. Muchos son los llamados, en la profesión de jockey, y pocos los elegidos. El peso y la talla, para empezar, limitan las vocaciones. Ligero y a ser posible bajo, para evitar balanceos, el candidato debe ser robusto y tlexible a un tiempo, tener salud y buen fuelle, arrojo, vista fina, mano ligera, retlejos rapidísimos, una paciencia a toda prueba. Le es imprescindible asimismo adquirir progresivamente una aptitud sin la cual todas las demás resultarían baldías: «tener cabeza».
Tener cabeza en la carrera significa conservar en todo momento del recorrido una visión clara de la situación, a pesar de la velocidad, los obstáculos, la lluvia, el tormo de tierra que salta a la cara, los empujones y los incidentes de todo orden.
El jockey que tiene cabeza sabe colocar y mantener en buena posición su caballo en el pelotón, sacar el mejor partido del terreno. Una mirada le basta para localizar los animales apurados y los que marchan libremente.
La elección del caballo constituve sin duda el más delicado factor con vistas al éxito. Requiere un conocimiento perfecto de los diferentes orígenes, muy sólidas cualidades de hombre de a caballo, un seguro golpe de vista para descubrir al momento, si fuere el caso, defectos y excelencias del ejemplar presentado.
Tratándose de un yearling, los papeles (vale decir su pedigree) son el factor determinante de la elección. Pero en el caballo mejor nacido cabe una conformación discreta o no muy buena.
Se impone, por tanto, luego de estudiados los papeles, examinar el ejemplar refiriéndolo al correspondiente modelo, descubrir con ello sus fuerzas y sus debilidades, adivinar lo que llegará a ser, con el tiempo, ese potrillo añojo. Para lo cual es menester una experiencia muy afinada. En cuanto a los caballos que han corrido, sus éxitos tienen por lo menos tanto valor, si no más, que sus papeles.
Hay buenos y malos compradores. El príncipe Alí Khan tenía fama de equivocarse rara vez en sus elecciones. Era un notable hombre de a caballo, y sabía tomar rápidamente su partido.
Pero fuerza es convenir en que el factor suerte no es para desdeñado, ya que no es posible ver, saber ni preverlo todo. Hay propietarios afortunados que ganan importantes competiciones con el caballo que compraron añojo y a un precio modesto. Otros, con mala suerte, pagaron una fortuna por un ejemplar de estupenda progenie que jamás conseguirá pisar una pista de carreras o, en caso afirmativo, no mostrará la menor cualidad. Tal es la ley del deporte. Aunque a veces resulte dura. Las grandes cuadras de carreras suelen contar con yeguadas propias